Moretti volvió al club, pero no firmó ni una línea: sin firma, no manda. Y con renuncias que llueven (Culotta, Nordenstrom, Cigna, Barros), la acefalía acecha.

Se presentó con pompa, escribana de guardia y todo, pero… no firmó nada. Sin firma, su retorno es puro humo.
Le mandó mails, convocó CD y… se quedó solo. Y si Lopardo se va, nadie podrá firmar nada crucial, ni siquiera cerrar el estadio para el clásico.

¿El guión final? Culotta, Nordenstrom, Cigna y Barros ya se bajaron. Cinco bajas más y estalla de una: se activa la acefalía y a elecciones, sin rodeos.

El panorama se vuelve cada vez más tenso: la falta de quórum en la mesa chica convierte cada movimiento en una escena de suspenso. El club sigue funcionando en piloto automático, con parches y reuniones improvisadas que apenas logran sostener la fachada institucional. Mientras tanto, los compromisos económicos y deportivos avanzan como si nada, sin esperar a que se acomoden las sillas vacías.

Lo que queda claro es que la historia no se detiene. En Boedo se vive un clima donde cada renuncia, cada ausencia en una reunión o cada firma que falta se siente como una bomba de tiempo. La pelota sigue rodando, pero la pregunta es si el tablero político podrá aguantar hasta el pitazo final o si la acefalía terminará siendo el gol más cantado de este campeonato institucional.